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Más allá de los servicios ecosistémicos culturales: recuperar los valores intrínsecos de la Naturaleza (Josep M. Mallarach)

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01 Feb Más allá de los servicios ecosistémicos culturales: recuperar los valores intrínsecos de la Naturaleza (Josep M. Mallarach)

¿Cuáles son las motivaciones más poderosas para conservar la Naturaleza, la integridad, la salud y la belleza de la Tierra? En el contexto de la crisis sistémica en la que nos encontramos inmersos -de la cual la dimensión ecológica es sólo una parte- ¿dónde podremos encontrar una respuesta con garantías? Y por tanto, ¿dónde se encuentran los verdaderos maestros de la sostenibilidad?

Este artículo de Josep M. Mallarach para el blog de Dar Lugar es la versión castellana modificada del artículo original catalán, publicado en el  boletín del Colegio de Ambientólogos de Cataluña, en un número monográfico de 2015 dedicado a los servicios ecosistémicos. Foto: Cristina Rodés (Dar Lugar)

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El concepto de servicio ecosistémico que se consolida y difunde mundialmente a partir de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (MA, 2005) puede interpretarse como una voluntad de integrar todas aquellas dimensiones decisivas para la vida planetaria que el pensamiento reduccionista y utilitarista de la naturaleza había excluido. Dentro de los servicios ecosistémicos se suele considerar cuatro grupos: los servicios ecosistémicos de apoyo, los de abastecimiento, los reguladores y los culturales. Con respecto a los tres primeros grupos, el consenso internacional ha ido creciendo, y los debates actuales se centran en campos: su cuantificación y la cuestión de si es conveniente, o no, traducirlos en términos monetarios, a fin de poderlos tener en cuenta en los análisis de coste-beneficio o costo-eficacia. Es importante señalar que si las organizaciones de pueblos indígenas más significativas rechazan dicha cuantificación y su traducción monetaria no se debe sólo a su dudosa efectividad, o a los problemas de equidad que tiene asociados, sino sobre todo a motivos más profundos, puesto que consideran que la cosificación y mercantilización de las bases que sostienen nuestra existencia, no haría más que empeorar más las causas de la problemática que se quiere resolver. Un ejemplo de ello lo proporciona The Anchorage Declaration (2009) .

El concepto de servicios ecosistémicos culturales se refiere a los ‘beneficios no materiales que la humanidad obtiene de los ecosistemas a través del desarrollo cognitivo, la reflexión, la actividad científica o recreativa o el enriquecimiento espiritual “(Daniel et al. 2012). Este grupo de servicios ecosistémicos ha sido objeto de muchos debates y críticas, tanto en cuanto a su alcance y aplicación, como, sobre todo, su justificación (Kirchhoff, 2012). Una de las razones de fondo subyacentes a dichos debates es que, según la mayoría de las cosmologías de la humanidad, los ‘servicios’ capitales de este grupo no derivan de los ecosistemas (un descriptor material, propio de las ciencias modernas occidentales) sino que derivan de otros descriptores vinculados niveles de realidad inmateriales.

Quisiera aportar una reflexión en esta línea, y argumentar la importancia que tiene recuperar los valores intrínsecos de la Naturaleza (la escribo con N mayúscula adrede, para incluir sus dimensiones inmateriales), si queremos curar las patologías derivadas por el reduccionismo materialista, que forma parte de las causas inductoras de la crisis global. Para abordar el fondo de esta cuestión nos podríamos hacer la siguiente pregunta: ¿cuáles son las motivaciones más poderosas para conservar la Naturaleza, la integridad, la salud y la belleza de la Tierra? Como es obvio, vamos a obtener respuestas muy diversas, según quien sea la persona o comunidad destinaría de la pregunta. Dicha constatación nos lleva a la siguiente pregunta: en el contexto de la crisis sistémica en la que nos encontramos inmersos -de la cual la dimensión ecológica es sólo una parte- ¿dónde podremos encontrar una respuesta con garantías? Y por tanto, ¿dónde se encuentran los verdaderos maestros de la sostenibilidad?

Si hacemos caso al solemne “Aviso a la Humanidad” que emitió la élite científica mundial (UCS; 1992), manteniendo la esperanza de que es posible el “cambio radical de valores” que preconiza, y al mismo tiempo somos capaces de adoptar una actitud de humilde receptividad, seremos capaces de dirigir la pregunta a los portavoces de las culturas marginadas, que han demostrado ser las más resilientes, las más sostenibles del planeta. Me refiero, claro está, a aquellas culturas con sistemas de gobernanza tradicionales -sean indígenas o locales- que han mantenido la integridad y armonía de sus territorios durante siglos o milenios. Es decir, unas culturas sostenidas por unas cosmologías radicalmente distintas de la que configura el pensamiento progresista moderno. Para los que duden de dicha elección, cabe recordar un hecho empírico: aunque hay día los pueblos indígenas representan apenas el 4% de la humanidad, conservan el 80% de la diversidad natural y el 90% de la diversidad cultural del Planeta (ésta última medida en número de lenguas)…. a pesar de los innumerables atropellos y genocidios que han sufrido -y siguen sufriendo- por parte de aquellos que les quieren ‘civilizar’ (Sobrevila, 2008).

Si nos acercamos, pues, a los portavoces de las civilizaciones más sostenibles y resilientes y les pedimos, educadamente, por qué razones cuidan la Naturaleza (la Madre Tierra, como la llaman menudo) podremos escuchar unas respuestas llenas de sabiduría y que, además, son esencialmente concordantes. Como no existe ninguna cultura resiliente que sea antropocéntrica o materialista, no oiremos ni una sola respuesta utilitarista, sino que todas se apoyarán en valores profundos. Es decir, las motivaciones de dichas culturas para cuidar y conservar la Naturaleza, a menudo revestidas de un lenguaje mitológico, conectan siempre con valores intrínsecos, a los que se vinculan complejos códigos de deberes y responsabilidades, transmitidos y refinados de generación en generación. Se trata del conjunto de valores culturales y espirituales que dan sentido a su vida y que garantizan la armonía con la Naturaleza, por medio de lo que algunos autores han denominado una ‘ecología sagrada’ (Berk, 1999).

Somos cada vez más los que consideramos que la gravedad de los retos ambientales a los que nuestra civilización se enfrenta globalmente nos pide examinar cuidadosamente, sin prejuicios ni apriorismos, dónde nos extraviamos, ampliando nuestro análisis temporal como mínimo hasta el inicio de la revolución industrial. Porque las tendencias insostenibles que se extienden por el mundo, amenazando nuestro provenir colectivo, surgieron de Europa Occidental, durante el siglos XVII y XVIII, cuando cuajó la ideología reduccionista materialista, cuyos precedentes ideológicos se remontan al antropocentrismo renacentista (Smith, 1984).

Hoy día, cuando el antropocentrismo, el materialismo y la fe concomitante en el progreso tecnocrático parecen haberse convertido en hegemónicos, se nos hace muy difícil escuchar y entender propuestas procedentes de otros paradigmas distintos. Por ello, el concepto de servicios ecosistémicos resulta útil, porque, a pesar de ser antropocéntrico, ayuda a tomar consciencia de nuestra total dependencia de la Naturaleza. Pero éste es sólo el primer paso. El paso siguiente para generar una verdadera conciencia ecológica, implica recuperar la consciencia de la interdependencia de la humanidad con la realidad total, apoyándonos en los valores culturales y espirituales más profundos (Dudley et al, 2005).

Se hace cada más evidente la necesidad de reintegrar la economía en las leyes de la biosfera y orientarla hacia el bienestar colectivo, superando las estrecheces del individualismo –personal o colectivo- y del irrealismo patológico y disfuncional de la economía especulativa y financiera. Para ello, precisamos una nueva manera de ver y entender el mundo (Pigem, 2011). Nueva, en el sentido de que tiene que dar respuesta a unos retos enormes, inéditos, que nunca antes hubiésemos podido sospechar. Pero al mismo tiempo, esta nueva manera de ver y entender el mundo, resulta ser intemporal, pues se apoya en la sabiduría de las culturas y religiones más resilientes de la humanidad (Palmer & Finaly, 2003). Sólo así podremos tener alguna garantía de éxito, puesto que la resiliencia es, en última instancia, demostración inequívoca de adecuación a la realidad.

Las sociedades tecnológicas nos hemos desconectado de la Naturaleza hasta el punto de perder de vista muchas realidades básicas, muchas evidencias fundamentales, como la interdependencia y la resiliencia. Ha llegado el momento de escuchar a los auténticos “portavoces de la Tierra”, para recuperar los valores intrínsecos, sagrados, de la Naturaleza. Como reconoce Posey (1999), el futuro de la humanidad, depende de que estas voces de sabiduría se conviertan en nuestros guías intelectuales y espirituales, si queremos detener y corregir los efectos deletéreos del pensamiento único, tecnocrático y destructor, manteniendo todas las potencialidades que nos ofrece la diversidad biológica, cultural y espiritual de nuestro maravilloso y fascinante hogar planetario.

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Referencias

Berkes, F. (1999) Sacred Ecology. Traditional Ecological Knowledge and Management Systems. Londres: Taylor & Frances.

Daniel, T. C. et al. (2012) Contributions of cultural services to the ecosystem services agenda. Proc. Natl. Acad. Sci. USA 109: 8812–8819.

Dudley, N., Higgins-Zogib, L. & Mansourian, S. (2005) Beyond Belief: Linking Faiths and Protected Areas to Support Biodiversity Conservation. WWF, Equilibrium and the Alliance of Religions and Conservation.

Kirchhoff, T. (2012) Pivotal cultural values of nature cannot be integrated into the ecosystem services framework. Proc. Natl. Acad. Sci. USA 109 (46): E3146.

Millennium Ecosystem Assessment – MA (2005). Ecosystems and Human Well-Being: Synthesis. Island Press, Washington. 155 p

Palmer, M. & Finaly, V. (2003) Faith in Conservation. New Approaches to Religions and the Environment. The World Bank.

Pigem. J. (2011) Entendre la natura. Fonaments d’una cultura de la sostenibilitat. Papers de Sostenibilitat,. 17. Consell Assessor per al Desenvolupament Sostenible.

Posey, D.A. [editor] (1999) Cultural and Spiritual Values of Biodiversity. A Complementary Contribution to the Global Biodiversity Assessment. UNEP. Global Environmental Facility. Nairobi. Kenya. 731 p.

Sobrevila, C. (2008) The Role of Indigenous Peoples in Biodiversity Conservation The Natural but Often Forgotten Partners. The Wold Bank.

Smith, W. (1984) Cosmos and Transcendence. Breaking through the Barrier of Scientistic Belief. Sherwood Sugden.

The Anchorage Declaration> http://berkleycenter.georgetown.edu/publications/anchorage-declaration (ultimo acceso 30-1-2016)

Union of Concerned Scientist (1992) Warning to Humanity > http://www.ucsusa.org/about/1992-world-scientists.html#.Vq8y3U9cpGg (último acceso 30-1-2016)

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*Autor: Josep M. Mallarach es Doctor y Master en Ciencias Ambientales y Licenciado en Ciencias Geológicas. Trabaja como consultor independiente en el ámbito nacional e internacional. Es miembro de las Comisiones de Áreas protegidas y de Políticas Ambientales de la UICN. Profesor de evaluación de políticas ambientales y director del curso de postgrado sobre valores y significados espirituales de la Naturaleza en la Universidad de Girona.
Perfil Linkedin: https://www.linkedin.com/in/josep-maria-mallarach