Dar Lugar | Las emociones, la gasolinera y los niños: un cuento de Navidad
1707
single,single-post,postid-1707,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,vertical_menu_enabled, vertical_menu_transparency vertical_menu_transparency_on,side_area_uncovered_from_content,columns-4,qode-theme-ver-8.0,wpb-js-composer js-comp-ver-4.7.4,vc_responsive

Las emociones, la gasolinera y los niños: un cuento de Navidad

gasolinera

29 Dic Las emociones, la gasolinera y los niños: un cuento de Navidad

(Artículo de Dídac P. Lagarriga publicado en catalán en el Diari ARA el 24 de diciembre de 2015. Pie de foto: Vallas del terreno con dibujos de los niños y adultos en contra de la gasolinera. Al fondo, el colegio público El Martinet. Foto: Dar Lugar.)
Los cuentos incluyen la fantasía, no para alejarnos de la realidad, sino para hacerla más completa. Una de las funciones universales de los cuentos, por ejemplo, es aprender a conocer y gestionar las emociones: miedo, rabia, alegría, tristeza, sorpresa o asco son elementos imprescindibles con los que tejer las historias. De niños nos fascinan los cuentos y su poder de transformación a través de la palabra. Somos un cóctel de emociones, y ser adulto no implica apartarlas o negarlas, sino saberlas gestionar de una manera adecuada. Los cuentos, siempre los cuentos, nos ayudan en este ejercicio, a pesar de las amenazas que escuchamos ya desde pequeños: no llores, no te enfades… En definitiva, no aprendas, no seas.

Emocionalmente mejor

Carles Capdevila publica estos días el libro Educar millor (Arcadia) con once conversaciones para acompañar familias y maestros. ¿Dónde acaba la educación? ¿Dónde acaba la escuela? Se hace daño la sociedad cuando considera que los cuentos, albergue literario de las emociones, sólo son para niños, que la educación queda relegada a una etapa de la vida y que la escuela tiene unos límites físicos y temporales claros…

Una de las entrevistadas en Educar millor es la psicóloga Carme Thió, apacible y sabia, atenta y divertida. Hace unos días, esta especialista en educación emocional visitó la escuela pública El Martinet en Ripollet (Barcelona), dispuesta y abierta como siempre que la llaman. En su charla sobre emociones y conflictos, Thió recordó que “las emociones, a pesar de ser tan importantes, hace poco tiempo que se introducen en la pedagogía y, desgraciadamente, a nivel social todavía estamos a años luz de saberlas expresar y gestionar”. Decenas de madres, padres y maestros la escuchaban. En el vestíbulo de la sala donde se desarrollaba este encuentro, las paredes están decoradas con grandes murales en los que las maestras han documentado visualmente los procesos de aprendizaje de los niños, junto con algunos textos. Uno de ellos dice: “Somos seres vulnerables a todo aquello de fuera. Salir fuera equivale también a exponerse, a ser tocado, penetrado y sorprendido permanentemente.”

Esta invitación a salir es una de las características de la escuela y una propuesta desgraciadamente poco habitual. Salir al aire libre, salir a la calle, salir de un mismo para llegar al otro. Aquí, el patio se convierte en un pequeño bosque de libre circulación, una aula más abierta a la experimentación por medio de la sorpresa y la indagación innata de los niños. El entorno del edificio también es su ampliación natural, y constantemente hay grupos que van y vienen, ya sea a pie, ya sea en bici. Si El Martinet es un referente para muchos centros, incluso a nivel internacional, es precisamente para buscar esta coherencia entre interior y exterior, juego y aprendizaje, proceso individual y hacer colectivo. Medio millar de niños y niñas participan de la experiencia desde hace una década. Ahora bien, como seres vulnerables a todo aquello de fuera, sabemos que las amenazas surgen, inevitables. Cuanto más capacidad tengamos de gestionar las emociones, más podremos transformarlas en positivo.

Una amenaza, una oportunidad

Dentro de la sala, Carme Thió continúa: “Las emociones nos acompañan y son muy útiles. Por ejemplo, enfadarnos nos sirve para estar atentos y que no nos pisen la dignidad.” A pocos metros del colegio, tocando el parque infantil donde los niños juegan cada tarde, donde muchos comen con las familias y lugar habitual de fiestas de aniversario, hay un terreno vallado con la tierra removida por las excavadoras. Como en los cuentos, hace falta la amenaza, el ogro que asusta y que todo lo cambia: el solar servirá para construir una grande gasolinera low-cost, con todos los riesgos medioambientales y de movilidad que esto comporta. Las familias se organizan, el ayuntamiento se implica, la asociación de vecinos también: ¿de dónde ha salido este monstruo? Que el miedo o la rabia no nos paralice, que tampoco nos ciegue.

La psicóloga, dentro del aula, continúa hablado de emociones y conflictos. No se la ha invitado para que hable de la gasolinera, sino de los niños, pero ¿cómo separar de una manera tan drástica los hechos? Es imposible aislar una cosa de la otra: todo tiene un vínculo que hay que respetar y fomentar. Carme Thió prosigue, sonriendo y firme: “No tenemos que confundir la reacción que provoca la emoción con la emoción en sí misma. Es importante cambiar la reacción, aquel impulso que nos provoca, por ejemplo, la rabia. Tenemos que aprender a gestionar las emociones, no a taparlas. Pasarlas por la inteligencia, incorporarlas a la reflexión. Por eso es tan importante reconocer y admitir las emociones, en lugar de rechazarlas”.

Un grupo de padres y madres deciden parar la obra y se ponen delante de las máquinas. Un día y otro. La obra se detiene: del terreno removido por las máquinas pasamos al terreno del diálogo, removido por las emociones. En una pequeña ciudad con ocho gasolineras más y la necesidad de un cuarto instituto que nunca llega, la rabia de las familias y vecinos contrasta con el miedo de la empresa, Bon Àrea, a perder dinero y ver cómo se ensucia la marca…

Cómo en los buenos cuentos, llegan más personajes, más matices, como el conocido psicopedagogo italiano Francesco Tonucci, justamente también entrevistado por Capdevila en Educar millor. En una carta abierta, escribe: “Desde mi libro La ciudad de los niños explico cómo las ciudades se han olvidado de los niños. Las calles, que antes eran un lugar de encuentro y de relaciones sociales, se han convertido en vías de paso de automóviles, en sitios peligrosos, insalubres y llenos de obstáculos para niños y adultos. El Martinet es una escuela llena de vida, de niños que salen y llenan las calles del barrio. No sé si sois conscientes del impacto que supone construir una gasolinera junto a una escuela. Paraos a pensarlo y a dibujarlo mentalmente…”

Carme Thió finaliza la charla recordando que los conflictos son inevitables e imprescindibles, pues son una gran fuente de aprendizaje. Este cuento a las puertas de Navidad termina bien, porque la empresa está decidida a cambiar de terreno y porque el ayuntamiento se propone modificar la circulación del entorno para hacerlo más habitable. Necesario, sin embargo, el “continuará” de rigor, puente a la incertidumbre y al cambio, emocionante y vivo.