Dar Lugar | Christian Bobin, el escritor de aire
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Christian Bobin, el escritor de aire

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22 Sep Christian Bobin, el escritor de aire

Parece como si las cosas sólo se convirtieran en cosas cuando las nombramos. Poner nombres, a menudo, implica enterrar aquello nombrado, a pesar de la creencia contraria de dar un nombre a aquello que nace o que vemos por primera vez. Escritor, Literatura, Alzheimer, Cáncer, Dios, Vida… Cuando la palabra pasa a ser nombre, dejamos de comunicarnos para entrar en el decadente mundo de las etiquetas. Un nombre, nos decimos, define, acota. En definitiva, deja de moverse, pierde vida.

Christian Bobin (Francia, 1951) es el maestro de sacar nombres y volver a las palabras su función esencial: volar libres. Nada tan simple. Como todo, la sencillez se esconde en apariencias que vemos complejas; cuando “sencillo” pasa a ser nombre y no palabra, definición limitada y no vehículo. En el nombre-etiqueta “Literatura” quizás la sencillez no está bien valorada, se asocia a frivolidad, poco esmero, poco oficio. Tampoco se premian propósitos que acompañan a la sencillez, como la bondad… ¿Qué argumento puede vender si anunciamos que busca la bondad con sencillez? ¿Y si, además, sumamos otros estigmas como infancia o santidad? Costará no ver un estilo amanerado, cursi y relegado al nivel más bajo de la buena literatura y la alta cultura.

Bobin, además, no lo pone fácil porque esto de las cosas altas, y del mismo nombre “Alto”, rehuye… La bajeza de la cotidianidad, de la claridad cuando irrumpe en la habitación, de una flor o de una sonrisa, van por debajo. Tan debajo, que también vuelan alto, de una altura que no tiene nada que ver, claro, con el nombre que lo encumbra, sino con la palabra que nos acerca. Leer a Christian Bobin, por lo tanto, nos levanta en la humildad y nos serena hablándonos de los grandes miedos: muerte, enfermedad, pasión. Todo aquello que es relación, relación humana esencial, queda teñido por la mirada de este escritor. Al hacerlo, nos golpea sin anestesiar. Salimos agradecidos, con menos carga y menos dolor (sin caer en las etiquetas que todo lo distorsionan diremos que es una buena terapia). En Francia tiene miles de lectores, “el mayor escritor de su generación, que también es la mía. El más dotado, el más original, el más libre –al margen de las modas y de todo–, uno de estos raros escritores que nos ayudan a vivir”, como afirma André Comte-Sponville.

A pesar de tantos elogios y su prolífica carrera -con más de una cincuentena de títulos-, ha sido poco traducido en catalán y castellano. Josep M. Espinàs lo hizo a finales de los años noventa con Geai, la noia del somriure (publicado por La Campana) y casi una década después el poeta y editor Antoni Clapés se adentró con La presència pura (en la desaparecida editorial El Salobre), un impresionante librito sobre la desmitificante mirada de Bobin al Alzheimer de su padre. El número 3 de la revista Dar Lugar también le dedica un especial, ahondando en este tema. En castellano sólo perviven dos títulos -como siempre, magníficos-, en la madrileña Árdora y uno en la aragonesa Sibiriana. Si leemos en francés, Gallimard publica en edición de bolsillo prácticamente todos sus libros, en ediciones baratas e incluso fáciles de encontrar en las librerías especializadas de por aquí. Y de cada lectura, leemos lo mismo y diferente a la vez, este hilo imperceptible que “nos ayuda a vivir” como dice Comte-Sponville, sea cual sea la etapa de nuestro paisaje interior. Bobin, que es un gran lector -lector sutil, no sólo de libros, también de todo aquello que lo rodea- sabe mostrarse en la desnudez. Desnudez que tiene poco que ver con la ostentación, desnudez de alma (y fijémonos que “Espiritualidad” se convierte de repente en aquel nombre que socava, en lugar de palabra que respira). Pero la ligereza que sabe recoger y ofrecer Bobin no impone, pues su espiritualidad va a tientas, lentamente, con confianza, aunque sin hacer proselitismo de esta confianza. Agradecido, a pesar de los golpes y el dolor. O, para ser coherentes con él, agradecido también de los golpes y el dolor. Como siempre, este agradecimiento no se deja enjaular en la docilidad ni la sumisión, no se esconde en dogmas ni opiniones. El agradecimiento entendido como apertura, aceptación -dolorosa aceptación- de lo que se nos da y de lo que se nos quita.

Y, como degustación final, este fragmento extraído de uno de sus relatos compilados en Un simple vestido de fiesta (Árdora, 2011):

“Al salir de un gran libro conoces siempre ese leve malestar, ese momento de incomodidad. Como si se pudiera leer en ti. Como si el libro amado te concediera un rostro límpido -indecente: uno no va por la calle con un rostro tan desnudo, con el rostro descarnado de la dicha. Hay que esperar un poco. Hay que esperar a que el polvo de las palabras se esparza durante el día. De tus lecturas no retienes nada, apenas una frase. Eres como un niño al que al mostrarle un castillo, sólo viera un detalle, unas hierbas entre dos piedras, como si el castillo tuviera su verdadero poder en el temblor de unos hierbajos. Los libros queridos se mezclan con el pan que comes. Corren la misma suerte que los rostros apenas vislumbrados, que los limpios días de otoño y que cualquier belleza en la vida: ignoran la puerta de la consciencia, se deslizan a través de ti por la ventana del ensueño y se cuelan hasta una habitación a la que nunca vas, las más profunda, la más retirada. Horas y horas de lectura para esa ligera tintura del alma, para esa ínfima variación de lo invisible en ti, en tu voz, en tus ojos, en tu manera de ir y hacer. Para qué sirve leer. Para nada o casi. Es como amar, como jugar. Es como rezar. Los libros son rosarios de tinta negra, cada cuenta rodando entre los dedos, palabra tras palabra. Y qué es exactamente rezar. Guardar silencio. Es alejarse de sí mismo en el silencio. Tal vez es imposible. Tal vez no sepamos rezar como se debe: siempre demasiado ruido en nuestros labios, siempre demasiadas cosas en nuestros corazones. En las iglesias nadie reza salvo las velas. Ellas pierden toda su sangre. Consumen toda su mecha. No se reservan nada para ellas, dan todo lo que son, y ese don pasa a ser luz. La imagen más bella de la oración, la imagen más clara de la lectura, sí, sería esa: el lento desgaste de una vela en una fría iglesia.”

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(*Artículo publicado en catalán por Dídac P. Lagarriga en el Diari ARA el 10/09/2015.)